Tiempos de cambio

Creo que en todo el tiempo que hace que reconvertí la página en un blog no he escrito ni un comentario de carácter estrictamente personal. Si que ha habido algún comentario de noticias, algún chiste, alguna chorrada, algo que he hecho o me ha pasado… pero puras anécdotas, nada… personal en el sentido de… ¿íntimo? ¿Lo que me pasa por dentro?

Ha llegado la hora. Estoy en un momento bastante chungo y necesito poner cosas por escrito para aclararme las ideas. En estos casos hablar ayuda, acudir a los amigos y familia, y yo siempre he creído que escribir también. Conversar con uno mismo, por así decirlo. Pero si esa conversación con uno mismo se queda sólo en la cabeza suele ser malo y sólo lleva a hacer «la pelota» cada vez más grande y a radicalizarte en tus opiniones o sentimientos. Al poner tus pensamientos por escrito, igual que al hablar con alguien, te obligas a darles forma, a expresarlos de manera que tu interlocutor los entienda y pueda captar cada pequeño detalle o sutileza de la situación. Y al esforzarte, hablando o escribiendo, a poner en orden tus pensamientos, pues eso, los pones en orden y tal vez acabas por entenderlos tú mismo un poco mejor.

En cuestión de semanas me he llevado dos golpes muy fuertes: uno, hace un mes y por sorpresa, la separación de mi mujer; otro, el pasado sábado y de alguna forma esperado, la muerte de mi madre.

Mi madre tenía Alzheimer: hace diez años que se lo diagnosticaron, tres que estaba ingresada en una residencia y dos que ya estaba terminal, vegetal como se suele decir. Es una enfermedad muy mala, tanto para quien la sufre, durante los primeros años que es consciente de que empieza a olvidar cosas y a no ser capaz de llevar a cabo tareas que ha hecho durante toda la vida; como para la familia, que ve a esa persona apagarse poco a poco, cómo le cambia el humor y carácter, cómo va desapareciendo hasta que finalmente sólo queda el cuerpo, la «carcasa» que alguna vez contuvo a un ser querido pero que, aunque viva, ha quedado hueca, sin voluntad ni sentimientos ni vida propia.

Ingresarla fue duro, pero llega un momento en esta enfermedad en el que tienes que tomar esa decisión, porque la situación llega a ser tan complicada que las personas que la cuidan están al borde de enfermar o incluso enfrentarse entre ellas a causa del estrés. Sin lugar a dudas fue el día más difícil de toda mi vida: mi padre, a regañadientes y después de mucho tiempo discutiéndolo, admitió que la situación era insostenible y había que ingresarla, pero era incapaz de decírselo a mi madre, que por aquel entonces aunque ya casi no hablaba (alguna palabra suelta, casi todo monosílabos) si que entendía. Y yo era incapaz de meterla en el coche sin más, no podía llevarme engañada a la mujer que me crió y me ha hecho lo que soy. Así que tuve que hacer acopio de valor y, con lágrimas en los ojos (igual que ahora mientras lo recuerdo) decirle a mi madre que íbamos a ingresarla en una residencia. No le deseo a nadie tener que pasar por algo así. Estas cosas no tendrían que suceder, pero resulta que la vida a veces es así de dura.

En los tres años que ha estado ingresada mi padre y yo hemos ido todas las semanas a verla. Los primeros días era una tortura. Pero el tiempo lo cura todo y poco a poco te acostumbras, sobre todo porque al ir a verla tan a menudo no percibes el cambio igual. Si echas la vista atrás si que piensas «mira lo que ha empeorado desde hace tres meses», pero esos tres meses te los has ido administrando en pequeñas dosis de siete días. Otros familiares que han ido a verla cada dos o tres meses, o un par de veces al año, muchas veces han salido llorando nada más verla porque si que apreciaban el cambio, en parte también porque mantenían más vivo el recuerdo que tenían de ella de cuando estaba bien que el de la última visita.

Llega un momento, cuando lleva ya tiempo terminal, que asumes que cualquier día se va a ir. Cualquier pequeña cosa se complica y se la lleva por delante, un constipado o lo que sea. Eres consciente de que algún día que suene el teléfono van a ser las chicas de la residencia para decirte que ha fallecido, y estás preparado, pero aún así cuando llega ese día el golpe te lo llevas. Ese día fue la noche del sábado al domingo sobre las dos menos cuarto. La enterramos ayer.

Y lo de la separación de mi mujer… pues no sé qué decir. A lo largo de éstas semanas he llegado a aceptarlo, aunque todavía no lo entiendo porque aparentemente todo nos iba bien. Mucho estrés, eso sí, mucho trabajo, horarios que hacían que coincidiéramos poco, muchas preocupaciones y obligaciones familiares por parte de unos y otros, la hipoteca, y creo que por encima de todo, el haber estado más de un año buscando tener niños y que no llegaran (por culpa del mismo estrés), mientras que mucha gente de nuestro entorno se quedó embarazada casi sin buscarlo. Un montón de pequeñas cosas que han ido apagando la llama de la relación hasta que se ha enrarecido y ha sido necesario ¿cortar? ¿darnos un tiempo? No lo sé. Al menos sigue habiendo respeto, cariño y aprecio: Lidia ha estado a mi lado éstos dos días en el tanatorio, el funeral y el entierro. La necesitaba, necesitaba que me abrazara, y ha estado ahí. Nunca se lo podré agradecer suficiente.

Lo cierto es que en cuestión de días las he perdido a las dos: la mujer que me enseñó a ser como soy; y la mujer con la que he compartido los últimos cuatro años, sin lugar a dudas y pese a los malos momentos y los altibajos, los más felices y plenos de mi vida. Y ayer durante el entierro no podía quitarme de la cabeza la idea de que iba a decirle adiós a las dos el mismo día.

Estoy en un punto de inflexión en mi vida y tengo que decidir qué hacer. Hay que ser positivo, y pese a todo ver el lado bueno de las cosas (como cantarían los Python, «Always look on the bright side of life«). Aceptar el cambio, afrontarlo y aprovecharlo para renacer más fuerte que nunca: ya no tengo una serie de responsabilidades y obligaciones que antes tenía; tengo más tiempo libre para dedicarme a mí mismo, a hacer a cosas como el buceo que llevaba años queriendo hacer y nunca tenía tiempo, a retomar proyectos que dejé a medias o nunca llegué a empezar; retomar los idiomas, perfeccionar el inglés o refrescar el alemán que lo tengo medio olvidado… ¿Cambiar de trabajo? Pues tal vez, porque aunque ahora tengo un buen puesto, estabilidad y un buen sueldo (para lo que es Alicante) hace mucho que no estoy realmente a gusto con cómo se hacen las cosas y cómo se toman decisiones, pero en Alicante no podía aspirar a mucho más y tenía una hipoteca que pagar y una familia que mantener. Ahora de un plumazo se han ido las dos personas por las que estaba atado a ésta ciudad, con lo que se abre para mí todo un nuevo abanico de oportunidades.

Ya veremos, porque tampoco es un buen momento para precipitarse. Pero si para reflexionar y preparar la actualización a Vicente 2.0. ;-)