La Herencia

¡Joder para lo que da una mudanza! Rebuscando por armarios y cajones he encontrado un relato que escribí estando en el Instituto, creo que en 3º de BUP (¿1993?), para un concurso literario. Siempre he pensado que tiene huevos que ganara alguien de ciencias, si bien por aquella época leía un huevo, muchísimo más que ahora. También tenía mucho más tiempo libre. ¡Qué bien se vivía en el Instituto! ¡Qué tiempos! :’D

Vale de morriña. Para no volver a perderlo, lo subo aquí. Como dijo Linus Torvalds: «Only wimps use tape backup: _real_ men just upload their important stuff on ftp, and let the rest of the world mirror it«.

La Herencia

Aún recuerdo la primera vez que vi el cuadro. Contaba yo por aquel entonces con unos cinco años de edad. Era la primera vez que iba a casa de mi abuela (que vivía en otra población, a varios kilómetros de distancia) y nada más verlo, quedé cautivado por una extraña sensación de desasosiego que me heló la sangre. El fatídico lienzo era un retrato de un caballero ya entrado en años, de porte altivo y severo, que me observaba de forma casi hostil desde la grupa de un corcel negro azabache, con una escarpada cadena montañosa al fondo y un cielo nocturno de color rojizo que anunciaba viento para el día siguiente. No sé muy bien qué extrañas ideas cruzaron por mi calenturienta imaginación, pero caí presa del pánico casi instantáneamente. Comencé a llorar desconsoladamente y fui a refugiarme a los brazos de mi madre, la cual trató en vano de tranquilizarme explicándome que aquel hombre al que yo me refería como «el hombre malo» no era más que mi bisabuelo. Y aún tras oír aquellas apaciguadoras palabras maternas, no dejé de gimotear hasta que abandonamos la casa. Al cabo de unas horas de marchar ya había olvidado el incidente, que a los ojos de mi madre no fue más que una incomprensible «rabieta» infantil. Pero no quedó todo ahí, pues en sucesivas visitas (muy esporádicas, debido a la distancia y al continuo trabajo de mis progenitores) la historia se repitió: cada vez que veía el cuadro de mi antepasado, la locura se apoderaba de mí y horribles pesadillas perturbaban mis sueños.

Con los años me convertí en un adolescente enfermizo y solitario, casi misántropo, amigo de encerrarme durante horas interminables en mi salón de lectura, mientras que mis compañeros de colegio jugaban al fútbol en la calle. En mis lecturas, trataba de encontrar casos similares al mío, de terror irracional hacia un objeto en apariencia inofensivo. Encontré casos similares en la literatura, sobre todo en los autores de novelas fantásticas del siglo pasado o principios de éste: Machen, Blackwood, Lovecraft, Yeats, Poe…, pero no eran más que historias de fantasmas escritas por algún loco, generalmente bajo los efectos del opio. Al poco tiempo de cumplir la mayoría de edad comencé a interesarme por tratados de psicología, pero poco o nada conseguí sacar en claro de éstos casi crípticos textos. Y fue precisamente en mi humilde pero bien surtida biblioteca donde, hace ahora cuatro años, mi madre me dio a conocer entre sollozos la noticia que desencadenaría una sucesión de hechos que tan funesto desenlace tendrían: mi abuela había muerto. Este hecho, triste de por sí, puede que no parezca tan terrible a primera vista. Pero es que la muerte de mi querida abuela no fue el detonante del desastre, si no su testamento, por el cual nos dejaba en herencia (entre otras muchas cosas) el retrato de mi bisabuelo.

No se muy bien cuál fue mi primera impresión cuando un día, al regresar de la Universidad, encontré la imagen de mi noble ancestro colgada en el salón de mi casa. Sólo recuerdo que se me nubló la visión y me desmayé. Cuando recobré el sentido estaba en mi cama, empapado en sudor frío y con una fiebre peligrosamente elevada. A partir de éste día la vida ha sido para mí una pesadilla: me era materialmente imposible vivir en mi casa. Fuera donde fuese, en cualquier habitación que estuviese, tarde o temprano tenía que cruzar por delante del cuadro. Era horrible sentarse a comer mientras que mi bisabuelo, desde la pared, escudriñaba la habitación y me miraba. Porque ¿me miraba? ¿No eran imaginaciones mías? ¿De verdad sus ojos me seguían en mi continuo deambular por la casa? Ahora sé que no era una simple ilusión.

Comienza aquí la parte para mí más penosa del relato. Mi mano temblorosa no me quiere obedecer cuando trato de escribir éstas líneas. Ocurrió un jueves, a mediados del mes de junio o julio de 199… Estaba sólo en casa cuando me sobrevino otro de mis desvanecimientos, pero durante éste tuve una visión: yo estaba dentro del cuadro, con mi bisabuelo, conversando con él. Comenzó a relatarme su vida: cómo, habiendo nacido en el seno de una humilde familia fue, poco a poco, ganando el respeto de sus semejantes, acumulando riqueza y poder… Hasta que un día llegó a la ciudad un singular hombrecillo de extraño aspecto con el que mi bisabuelo entabló amistad. Éste peculiar personaje lo introdujo en una serie de cultos tiempo ha olvidados, cultos a dioses más antiguos que el hombre y que la misma Tierra, conocidos por seres imposibles mucho antes de la formación del Universo tal y como hoy lo conocemos. Participó en ceremonias para tratar de traer de vuelta a la Tierra a éstos dioses, a cambio de aumentar su poder entre los mortales. Éstas paganas adoraciones convirtieron a mi bisabuelo en algo infrahumano, algo que en ese momento me mostró su verdadero rostro. Traté de huir, pero entonces me di cuenta de que estaba atado en una especie de potro de torturas, con dos blasfemas apariciones (me niego a llamar seres a aquello, por lo que ello implicaría) a los lados. El demonio en el que se había transformado mi antepasado continuó relatando sus viajes a lo largo y ancho del globo, en busca de libros que incrementaran su fuerza, el dominio de sus nuevas habilidades. Me contó secretos inconfesables que no transcribiré para no dañar la salud mental del lector, historias en las que se veían envueltas religiones, naciones enteras, hombres muy poderosos tanto de la antigüedad como del pasado… Me mostró sus obras y su trono allende la infranqueable frontera del espacio y el tiempo, trono que yo no tardaría en ocupar como su descendiente y legítimo heredero, pues yo era el único varón que había nacido con su sangre desde el día que regresó al infierno del que vino. Entonces comprendí que estaba perdido y que poco o nada podía hacer para salvar, al menos, mi alma…

El olvido, esa piadosa defensa de nuestro cerebro frente a la locura, ha querido librarme del peso de recordar los dos años siguientes. Me fui de casa para, por lo visto, seguir los pasos de mi bisabuelo. Según me ha sido contado en unos casos, dado a entender en otros, fui visto en distintas ciudades de todos los continentes, en lugares malditos, conocidos por haber sido habitados por brujos; descendí por cuevas a las que nadie se había atrevido a entrar; practiqué cultos que, ahora, se me revuelve el estómago sólo de imaginarlos; probé el vinum sabbatti de los brujos del medievo; abandoné mi cuerpo para visitar ignotos parajes fuera de nuestro planeta… todo para convertirme en el ser al que había temido desde mi más tierna infancia.

Esta pesadilla acabó hace unos meses, para dar pie a otra aún peor si cabe. Mi memoria regresa con mi vuelta al hogar. Año y medio después de aquella primera reunión con mi bisabuelo (porque estoy convencido de que, en el tiempo que estuve fuera, las charlas con mi antepasado, ahora de igual a igual, se repitieron muy a menudo) aparecí en el umbral de mi casa, muy demacrado, extremamente flaco y con unas enormes ojeras. Mis padres, aunque impresionados en un primer momento, me recibieron con los brazos abiertos. Mi madre se apresuró a prepararme algo de comer, algo ligero que me sentara bien aún en mi penoso estado. Yo no veía bien, lo percibía todo entre nieblas, y por ello en un primer momento no reparé en el cuadro. Porque aún estaba allí, justo delante de la mesa, en su lugar habitual, el retrato del demonio al que estaba escrito que yo había de suceder. Y me estaba sonriendo…

Llegado a éste punto, tanto mi memoria como mi razón se diluyen: únicamente recuerdo imágenes esporádicas, como si fuera un sueño, sólo que no lo es: Me abalanzo sobre el cuadro, con la intención de destruirlo… Mis padres tratan de detenerme… Los cuerpos de mis progenitores, horriblemente mutilados… Sangre… Mi imagen en el cuadro… Sangre…

Ahora estoy en éste hospital psiquiátrico, en un estado semi-catatónico del que sólo despierto en contadas ocasiones (como ésta). Debido a mi estado, los doctores no se preocupan mucho por mí. Por ello, las escasas veces que vuelvo a recobrar la razón, puedo apoderarme de algún que otro objeto, como los folios y el bolígrafo usados para escribir ésta historia, o la soga que, para cuando éste texto sea leído, ya habrá dado fin a mi pecadora existencia…

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