Hablarle claro al poder

A comienzos de la década de 1970, el economista Albert O. Hirschman postuló que los empleados que estaban disconformes con la política de la compañía sólo tenían tres opciones:  «irse, expresarse o ser leales». Esto es, podían ofrecer una dimisión basada en sus principios, tratar de cambiar la política (hablarle claro al poder), o permanecer como leales jugadores de equipo a pesar de su desacuerdo. La experiencia demostró que la mayoría de las personas elegía la tercera opción, el camino menos comprometido. Se tragaban cualquier objeción moral que pudieran albergar hacia órdenes cuestionables de sus superiores y concluían que carecían de poder para cambiar las cosas o, peor, que si trataban de hacerlo saldrían perjudicados. De hecho, esa lealtad es asumida: casi todos los ejecutivos esperan que sus empleados sean «buenos soldados» y no cuestionen la política de la compañía (o, si lo hacen, que se vayan con discreción).

Pero a veces los empleados encuentran las acciones de sus jefes tan inadmisibles que sienten que no tienen otra elección que renunciar y hacerlas públicas. En general, éste es el último recurso para quienes han expresado internamente su desacuerdo y agotado todos los canales de apelación, pero todavía piensan que no les han escuchado con seriedad. En raras ocasiones, un empleado respetable y poderoso dentro de la organización ofrecerá esa dimisión basada en sus principios pero, por lo común, aquellos que renuncian por cuestiones de principios son personas carentes de autoridad, que han sido empujadas hasta el extremo de renunciar por la falta de respeto que les han demostrado sus superiores. Después de todo, ¿cuántos empleados dejarían su trabajo si sintieran que han sido escuchados y sus opiniones respetadas, aunque no lograron su objetivo sobre una cuestión de principios? La mayoría de las veces, los afectados tienen que estar sumamente enfadados antes de renunciar y hacerlo público. Y, debido a que el enfado es un rasgo tan poco atractivo, desestabilizador e incluso alarmante, las personas enfadadas casi nunca tienen mucha influencia, y son fáciles de desacreditar por quienes tienen el poder al estar fuera de control, o «trastornadas».

Transparencia. Cómo los líderes forjan una cultura de la sinceridad

Warren Bennis, Daniel Goleman, James O’Toole

A la última frase añadiría «o tienen problemas personales». ;-)

3 comentarios sobre “Hablarle claro al poder”

    1. No, por ahora no hay planes de cambiar. Después de los meses de infarto del año pasado todo está empezando a encajar en su sitio… cada vez estoy más a gusto y más centrado con los proyectos que tengo entre manos. Hay que echar horas, pero bueno, ¿dónde no? ;-)

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